
Los arquitectos consideramos una gran oportunidad cuando podemos trabajar con el futuro habitante de los espacios que diseñamos. Si nos encargan una vivienda unifamiliar la propia familia que vivirá ahí podemos actuar como auténticos sastres que confeccionan un traje a medida. Poner al usuario en el centro del proyecto es algo fantástico porque le escuchamos, entendemos su forma de ser, inquietudes, necesidades, aspiraciones… y desde ahí, guiamos el proceso hacia la creación de un edificio único donde esas personas encontrarán el confort total, porque todo está a su medida. Tras varias conversaciones con el cliente, llamó la atención la extraordinaria sensibilidad a la luz que tenían. El hecho de ser fotógrafos profesionales les hacía entender la luz como material poético y físico que define espacios, aporta matices a los objetos, cambia a lo largo del día… La luz y, por supuesto, la sombra en su eterno diálogo antagónico.
¡Qué suerte para un arquitecto poder trabajar con unos clientes interesados en la luz! Había que arrancar el proyecto desde aquí. Se decidió por tanto entender la vivienda como un objeto habitado capaz de jugar con la fuerte luz que baña estas latitudes del centro de España. Una pieza llena de matices, curvas, rectas, entrantes y salientes que no buscan otra cosa sino proyectar sombras y cambiar a lo largo del día, jugar con el sol. La materialidad de un edificio así debía de ser neutra y continua. Las fachadas son por tanto como un fondo, una pantalla de cine, donde la luz resbala y cambia. Un sobrio monocapa en tonos tierra hace que la casa se integre muy bien en la naturaleza del lugar, dotando a la vez a la vivienda de un aspecto como monacal, austero, aunque con una riqueza formal inesperada. Es como si un alfarero la hubiera moldeado usando la tierra del propio suelo, es una vasija habitada.
Los interiores siguen esta intencionada austeridad matérica. La gran vasija puede ser recorrida por dentro, como las termitas caminan por su termitero, y la intención del proyecto no cambia. La luz resbala por los muros curvos generando sugerentes matices a cada hora dependiendo de la tonalidad y fuerza del sol. En determinados puntos estratégicos se colocan unas chimeneas solares, que gracias a unos sistemas especiales de espejos y filtros consiguen introducir la luz precisa justo ahí donde queremos, como sobre el laboratorio fotográfico, la escalera o la ducha de planta primera.
Recorriendo unas escaleras de caracol abrazadas por un cilindro podemos subir a la cubierta plana de la casa que goza de unas extraordinarias vistas al bonito entorno de la vivienda. Es uno de los rincones más especiales del edificio gracias a los juegos formales que producen las chimeneas solares y sus sombras proyectadas en la terraza. Es un espacio onírico al aire libre, salpicado de elementos poco habituales, que recuerda a esas cubiertas de Le Corbusier, o incluso de Gaudí, donde por fin desaparece la necesaria rigidez de distribuir un programa entre tabiques y finalmente los volúmenes construidos pueden disfrutar sin ataduras de ese juego sabio y magnífico bajo el sol.
